Cerrar los ojos, abrir la ventana, tumbarse en el suelo y dejar que la lluvia se encargue del resto.
Que inunde todos mis sentidos...
El sonido de las gotas cayendo con furia, con calma, mostrando la ambivalencia de mis sentimientos, la confusión de mis emociones, lanzandose contra el suelo, deslizandose por las ventanas, el sonido de la lluvia rompiendo el cielo, derritiendo la lava del verano...
El olor a tierra mojada, a vida que resurge de las cenizas polvorientas, que dañaban mis ojos al caminar, olor a tierra mojada, a barro que se moldea, que fluye y borra las huellas de todo lo que hemos caminado y lo que nos queda por andar...
El tacto húmedo de la lluvia rozando mi piel, de cada gota que resbala y penetra mis sentidos, abriendose camino a través de mi cuerpo, tacto húmedo y tibio, como cuando es tu saliva la que eriza mi piel...
El sabor salado, que se puede confundir con el de las lágrimas que finjo no conocer...
Y sigo, con los cerrados porque no quiero ver, porque no quiero tener nada que ver, con el techo que me cubre, las ventanas que 'deberían' estar cerradas, los barrotes que materializan nuestros miedos y las paredes a las que llamamos casa.
Porque siento, con ese sentido que aún nadie se ha atrevido a definir, que la libertad es este instánte.