Creo que lo que denominamos equilibrio mental, salud mental... no es más que la capacidad de contenernos e inhibir impulsos.
O quizás es que mis impulsos simplemente ya sean un desequilibrio por si mismos.
Esa angustia que anuda la garganta y mueve a tus manos que rascan y rascan, y buscan algo en lo que entretenerse, para que los pensamientos no terminen por ahogarte ante la imposibilidad de inundar los ojos.
Esa ansiedad impulsiva que te anima a comer y comer y comer, a correr, a saltar, muscular...
Esa tristeza que te lleva a hacer recuento de cuantas personas te echarían de menos, de cuantas se habrán acordado de ti ese día... o esa semana.
La rabia que mueve tu cuerpo para hacer algún ruido que muestre tu enfado, porque te contienes para no gritar, o el grito y los gestos agresivos para no agredir de forma desequilibrada.
Esos ruidos cotidianos que se vuelven inaguantables, que martillean tu cabeza y te enfadan, y te empujan a explotar o irte.
Esa irritabilidad, irascibilidad, que ante cualquier intento de dialogo siente una ofensa y un ataque y acciona una lengua bípeda cargada de veneno.
Ese largo de etcétera de emociones que se despiertan y se vuelven incontrolables, pero que a veces, controlas (aunque seas incapaz de gestionar, porque el análisis y la (auto)crítica, la formación y la deconstrucción, no pueden con la propia mente).
Ese poco o mucho control que resulta suficiente para no ser diagnosticado con un trastorno o enfermedad mental, para autodiagnosticarse o para ser consciente de la posibilidad de padecerlas.
O para recordar que sigue ahí, latente, que te mantiene en lucha.