lunes, 28 de diciembre de 2015

Dame mi culpa, llevate el daño, yo solita puedo hacermelo.

Puede que me haya odiado por encima de mis posibilidades, pero dame galletas y llámame por mi nombre. Entonces sabré que voy a romper todos los malditos espejos. Y que no contenta con ello, seguiré mirandome, provocandome, hasta que sea mi reflejo el que se decida a romperme, cansado de que le culpe de todos mis males.
Dejame deslizarme, flojito, haz como que no me ves, porque quiero esconderme y huir, ser un secreto. Pero mírame, que no puedas evitar saber que estoy, y que ya no soy, dejame, que así podré culparme de ello.
Dame mi culpa, llevate el daño, yo solita puedo hacermelo.
Cuando me hablaban de escribir sin patrones, pensé en un vestido mal cosido, en un ropaje indefinido, en mi cuerpo, y supe que debía dar(me) una oportunidad.
Para
odiarme
de otra forma.
Que no fuese la mía, pero que pudiese llegar a serlo.

Rajé la seda.

Me partí las entrañas, con una hostia jamás dada, y el miedo que conjuran tus palabras.
Enredaste mis tripas, anudaste el intestino, y el veneno de mi cuerpo ahogaba mi garganta, solo mis dedos podrían deshacerlo, vaciarnos.
Me partí los dedos, uno a uno, con la sonrisa de quien ha recibido un regalo que es una mierda, pero no puede decirlo. Para salvarnos.
Susurré a mi piel, casi en silencio, que perdonase mi violencia, y guardase mi secreto:  Que el dolor era el calmante que nos llevaría lejos, que nos permitiría quedarnos.
Miré las venas, traté de atrapar los latidos, raje la seda cansada del vestido.
Y lo único que ocurrió, mientras, fue el silencio. Porque esa es la respuesta cuando la mía es un trabalenguas, y el gato, dormido y triste no quiere comérmela.